Objetos e instituciones en la obra de Bruno Latour

Uno de los temas más controvertidos que ha planteado la obra de Bruno Latour tiene que ver con la relación que se establece entre objetos e instituciones. Tal relación afecta a temáticas como la intencionalidad, el tipo de definición que se puede manejar de realidad social e, incluso, lo que significa explicar para las Ciencias Sociales.

En el trabajo de este autor resulta evidente que los propósitos y la intencionalidad no son propiedades de los objetos, no obstante, no es menos evidente que tampoco son propiedades de los sujetos humanos. “La acción propositiva y la intencionalidad son propiedades de las instituciones, son dispositifs”.[1] Como recuerda Latour, un Boeing-747 no vuela: vuelan las líneas aéreas. No podemos encontrar objetos que existan como simples objetos, cualquier objeto forma parte de una vida colectiva.

“Los objetos reales forman siempre parte de instituciones, se agitan en su estatus  mixto de mediadores, movilizan personas y tierras remotas, dispuestos a convertirse en gente o cosas, sin saber si están compuestos por uno o varios, de una sola caja negra o de un laberinto que encubre multitudes.” [2]

Dadas estas razones, el objeto es una entidad que debe ser analizado por el pensamiento social puesto que es una entidad eminentemente colectiva en su naturaleza. Las ciencias sociales deben cambiar su pregunta y comenzar a interrogarse por los mecanismos que permiten el intercambio de propiedades que se da entre esos guiones que definen qué es un objeto y qué es un sujeto. En la actualidad, la tradición del pensamiento social está escindida entre un enfoque que supone que el orden social es la fuente de toda explicación y no necesita ser explicado y otro que parte del supuesto de que sólo a partir de prácticas relacionales muy concretas podremos explicar tal orden. En el primer enfoque encontramos rigurosas descripciones de fenómenos sociales y contextos sociales de larga duración, se analizan instituciones globales y se documentan sus desarrollos y transformaciones. Dentro de esa manera de trabajar no cabe, en absoluto, formular preguntas por el origen de lo social. Éste es sólo un mito, relegado a las elucubraciones de la filosofía política.  En el segundo, por el contrario, tenemos una preocupación constante por los métodos que utilizamos para producir y reproducir la sociedad.

“El orden social arguyen los etnometodólogos, no es algo dado, sino el resultado de una práctica continua a través de la cual los actores, durante el curso de sus interacciones, elaboran reglas ad hoc para coordinar actividades. Los actores se sirven, evidentemente, de precedentes, pero esos precedentes no son suficientes por sí mismos para provocar el comportamiento.” [3]

Las microsociologías, por ejemplo, se han caracterizado por mostrar cómo continuamente traducimos tales precedentes, los ajustamos, los reconfiguramos, los reinventamos para llevar a buen término una interacción o la comprensión de un acontecimiento social. Colectivamente elaboramos un episodio social, emergente, localizado e histórico. Que  estaba planeado en su totalidad y que no es enteramente explicable por lo ocurrido antes del mencionado episodio o por lo que ocurre en algún otro lugar. Pero, para Latour, ambos enfoques están dominados por graves carencias. En el primer caso no se acierta a explicar el cambio social, la novedad, la interacción más cotidiana o incluso la transformación e irrupción de normas que guíen la conducta. En el segundo caso, el problema está localizado en el hecho de que parece que se olvida un contexto a gran escala que puede dar cuenta de un conocimiento social, un bagaje de competencias importante en la comprensión y realización efectivo de una microinteracción. Ninguno de los dos enfoques acierta a explicar en su totalidad la realidad social. Ambos poseen buenas explicaciones y argumentos, pero carecen de la habilidad para resolver la otra cara del problema. La definición que propone Latour de objeto y el papel que le asigna en el pensamiento social permite reconciliar ambas posturas. ¿De qué manera se alcanza tal síntesis? Pues asumiendo que una acción, episodio o acontecimiento social acaecido en el pasado, en un contexto lejano, de dimensión no humana, realizado por actores ahora ausentes o que desbordan la escala de la microinteracción, estará aún presente bajo la condición de que sea trasladada, traducida, delegada o desplazada a otros tipos de actantes o guiones: precisamente a los no humanos, a los objetos. Cuando generamos un efecto indexical con una expresión como por ejemplo “nosotros”, aquí presentes, para referirnos a los implicados en una interacción local, soslayamos sistemáticamente lo no humano. Y ese es nuestro principal error o escollo para más tarde incluir la inteligibilidad del papel de las instituciones en la comprensión de esa interacción. Latour propone subvertir esa diferenciación.

“La noción de una interacción presente y local está subvertida por una cantidad ingente de no-humanos, determinado cada uno de ellos por sus propias disjunciones en tiempo, espacio y actante” [4]

Latour sostiene que ninguna relación humana existe en un marco homogéneo respecto al espacio, al tiempo y a los actantes. El orden social, por supuesto, es un logro local, resultado de un esfuerzo situado, pero no estamos solos en el locus de la construcción, ya que allí, y para lograr tal construcción, movilizamos muchos no humanos. “Ser humano requiere compartir con los no-humanos”[5] Y los humanos permiten que un orden social sea más o menos duradero y que se intercambien las propiedades entre los niveles micro y macro de la interacción social. Para ilustrar lo afirmado, Latour recurre a un sencillo ejemplo que nos permitirá entender el papel que en este sentido juegan los objetos. Pensemos en una simple banda sonora o rugosa colocada en una carretera de un campus universitario que obliga a los conductores a aminorar su velocidad de conducción. La banda traduce la meta del conductor de “disminuir la velocidad para no poner en peligro a estudiante alguno” a “disminuir la velocidad para proteger la suspensión del coche”. La traducción se realiza gracias a la mediación de un objeto, también gracias a tal mediación se alcanza cierta disciplinarización, más o menos, constante de los conductores. El objeto (en este caso hormigón) recoge ciertas propiedades y despliega un guión de potencialidades y efectos. Pero, además, estamos ante un efecto de desembrague.[6]

“Si te digo, por dar un ejemplo, ‘pongámonos en la piel de los ingenieros del campus cuando decidieron colocar las bandas sonoras’, te transporto no solamente a otro tiempo y espacio, sino que te traduzco en otro actor. Te traslado fuera de la escena que actualmente ocupas. La clave de la disyunción espacial, temporal y actorial, que es básica a toda ficción, es hacer que te muevas sin moverte. Diste una vuelta por la oficina del ingeniero, pero sin abandonar tu asiento” [7]

En nuestro ejemplo de las bandas sonoras estamos ante una disyunción actorial: el hormigón se transforma en un policía;  ante una disyunción espacial: la universidad ahora se compone de un nuevo actor o guión que ralentiza o avería coches; y estamos ante una disyunción temporal: la banda sonora está allí día y noche. La banda sonora actúa en lugar del ingeniero, en lugar del policía y, especialmente, abre condiciones de posibilidad muy determinadas para  todo conductor potencial. La banda sonora en el campus universitario se constituye en “objeto” en tanto que somos capaces de describir el guión conformado por todo este juego de relaciones que se abre, de posibilidades definidas y de disyunciones. La banda sonora recibe propiedades típicamente humanas, es decir, que somos capaces de intercambiar con lo material características, hasta ahora, sólo atribuidas a los sujetos humanos.  El objeto hace las veces de actor, crea un puente, una mediación (recordemos que este es el sentido que tiene la acción para Latour) entre creadores ausentes y usuarios ocasionales. Y, precisamente, semejante combinación de “ausencia” y “ocasión” es lo que nos interesa a nosotros; puesto que implica que una acción, realizada hace tiempo, por un actor o grupo de actores, ya desaparecidos, con propósitos e intenciones que ya solamente podemos aventurar, todavía está activa, aquí, hoy, en nosotros. La banda sonora actúa como delegada técnica, corporeiza acontecimientos del pasado y los trae al presente, abre un futuro y, lo que todavía es más importante, conecta, a partir del guión que la describe como objeto determinado, interacciones y episodios absolutamente situados y localizados (como es el acto mismo de que un coche pase por encima de ella) con contextos más amplios y generales. Es decir, la banda sonora realiza, reproduce, cosifica, da una realidad material y accesible a normas, conjuntos de propósitos, rutinas y valores; se transforma en una institución.

“Los estudios de la ciencia han prestado mucho atención a las instituciones que hacen posible la articulación de los hechos. En su uso más común, las ‘instituciones’ se refieren a sitios y a leyes, a personas y a costumbres que poseen continuidad en el tiempo. En la sociología tradicional, ‘institucionalizado’ es usado como crítica a la pobre calidad que tiene una ciencia excesivamente rutinizada. En este libro, el significado es ampliamente positivo en la medida en que las instituciones proveen con todas las mediaciones necesarias para que un actor mantenga una sustancia como duradera y sostenible.” [8]

En nuestro caso tenemos que la banda sonora es la mediación necesaria para que una determinada conducta se perpetúe, además, la banda, en sí misma, es ese contexto general, habitualmente socorrido por la sociología tradicional, que articula y da inteligibilidad a una situación perfectamente localizada. El objeto de hormigón es un guión que trae actos pasados al presente, prepara los futuros, y permite que los creadores de éste desaparezcan aunque sigan estando presentes. Así, a través de un objeto, igual que ocurre de hecho con un sujeto humano, se implican y movilizan fuerzas y otros actores remotos y ausentes, tanto en el tiempo como en el espacio. Es cierto que somos nosotros, los humanos, nuestra voluntad está ahí, en el hormigón, es nuestro trabajo e ingenio el que se manifiesta; es cierto, del mismo modo, que en esa masa de cemento está la eficiencia y la inflexibilidad de una materia que imprime cadenas de causa-efecto en los maleables y frágiles seres humanos. Todo esto es cierto. Pero no es menos cierto que la banda sonora es algo más. Media, es un mediador y, como tal, posee un estatus ontológico propio que no puede ser reducido ni a la mera proyección de la voluntad humana ni al frío materialismo de la naturaleza inerte. Su estatus ontológico es su guión. El guión desborda la tensión humano/ no-humano en la medida en que reparte las propiedades tradicionales de estas dos entidades en función de efectos y posibilidades y recoge la voluntad y delegación de ingenieros, rectores, legisladores, discursos morales, códigos de circulación que se mezcla con  las líneas de acción de la grava, la pintura, los cálculos estandarizados y el hormigón. El mencionado guión es una especie de agujero negro que atrae las propiedades de todos estos elementos, las mezcla, las sintetiza, las cosifica y las convierte en una realidad puntual, concreta, discernible y perfectamente situada. Nos permite movilizar, durante el devenir de acontecimientos concretos, movimientos y recursos ejecutados, anteriormente, en algún otro lugar por otros actantes.

“Lucho por acercarme a la zona en la que algunas, aunque no todas, las características del hormigón devienen policías, y algunas, aunque tampoco todas, las características de los policías devienen bandas sonoras en el asfalto” [9]

Como bien aclara Latour, sostener que el mencionado planteamiento, en el fondo, no es más que una sofisticada manera de decir que inscribimos relaciones sociales en la materia, que cuando estamos ante un objeto (guión) estamos de facto ante relaciones sociales es una tautología. Si los objetos son meras relaciones sociales, entonces ¿por qué debería la sociedad operar a través de ellos para inscribirse en algo más?, ¿por qué no se autoinscribe directamente ya que los objetos no cuentan para nada? Afirmar esto es decir que las relaciones sociales están ante relaciones sociales y que éstas necesitan relaciones sociales para producirse y reproducirse, en definitiva, un discurso circular y vacío de contenido. Los objetos no son medios ni fines, son ambas cosas al mismo tiempo, permiten rehacer las relaciones sociales a través de estrategias y dispositivos inesperados y nuevos. Continuamente están tejiendo y materializando relaciones sociales. El objeto, o mejor dicho, ese guión al que llamamos banda sonora es una mediación y es una institución. Como tal, conecta acontecimientos locales con definiciones globales de lo que es la vigilancia del tráfico, la seguridad de los peatones, etc. Además, conecta multitud de guiones que definen a otros sujetos y objetos, ausencias y presencias, tiempos distintos, y lo que es más importante: permite al pensamiento social elaborar una socio-lógica cuyo punto de partida ya no son categorías generalistas como las de “naturaleza”, “sociedad”, “agencia humana”… sino los mediadores y su acción de mediación, es decir, guiones concretos. Y semejantes mediadores nos obligan a alterar la dirección de nuestras explicaciones. Ahora, desde el centro (definido como punto de encuentro entre lo local y lo global, entre la naturaleza y la sociedad, la cultura y la técnica, lo humano y lo inerte…) tenemos que explicar los extremos. Los objetos, desde esta perspectiva, aparecen como una suerte de conectores que generan disposiciones o ensamblajes en, insisto, en, y no fuera o al margen, lo que llamamos tejido o realidad social adquiere inteligibilidad.

“A diferencia de los académicos, que tratan el poder y la dominación como herramientas especiales, no necesitamos empezar desde actores estables, declaraciones o sentencias fijas, repertorios, creencias o intereses estables, ni siquiera desde un observador estable. Y aun así, podemos mantener la durabilidad del ensamblaje social, aunque ahora éste estará formado por los no-humanos que son movilizados.” [10]


[1] Latour , B. (1994: 73)  De la mediación técnica: filosofía, sociología, genealogía. En M, Domènech y F.J. Tirado (Comps) (1998) Sociología simétrica. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad. Barcelona: Gedisa.

[2] Latour (1994: 273). Ídem

[3] Latour (1994: 279). Ídem

[4] Latour (1994: 280). Ídem

[5] Latour (1994: 281). Ídem

[6] Desembrague es un vocablo propio de la semiótica, definido por Greimas y Courtès como “la operación por la cual la instancia de la enunciación […] disjunta y proyecta fuera de ella ciertos términos vinculados a su estructura de base, a fin de constituir así los elementos fundadores del enunciador-discurso” (Greimas y Courtès, 1982: 113).

[7] Latour (1994: 263). Ídem

[8] Latour (1999: 307). Pandora’s Hope. London: Harvard University Press.

[9] Latour (1994: 266) De la mediación técnica: filosofía, sociología, genealogía. En M, Domènech y F.J. Tirado (Comps) (1998) Sociología simétrica. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad. Barcelona: Gedisa.

[10] Latour (1991: 138). Technology is Society Made Durable. En J.Law (Ed.) A Sociology of Monsters. London: Routledge.

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4 comentarios en “Objetos e instituciones en la obra de Bruno Latour

  1. Gracias por el post estimado Francisco.
    En este momento en el que estoy definiendo mi tesis doctoral me ha ayudado bastante en lo conceptual y en la elaboración de mi pregunta en el área de la biotecnología y los estudios de las organizaciones.

    Especialmente interesante, el tema de la institucionalización.
    ¿Crees que se puede relacionar dicha idea con la de Callon y McKenzie de “performatividad” de un mercado o industria?

    Ssludos,

    • Hola José,
      Creo que hay dos cuestiones que serían interesantes para tu trabajo. La primera tiene que ver con la crítica que Latour plantea al concepto de “performatividad”. Hablando en términos muy resumidos vendría a decir que muchas veces ese concepto se utiliza como operación o actividad que se da o realiza en el vació, olvidando que del mismo modo que contribuye a establecer su contexto o realidad siempre se realiza desde otro estado de cosas ya dado, y el análisis específico de un acto performativo no puede soslayarlo. Y ahí entra, precisamente, el segundo punto. Tradicionalmente la noción de institucionalización se ha asociado al escaso valor creativo, productivo, exceso de repetición, etc., que adquiere una práctica, por ejemplo, la científica, cuando está excesivamente sujeta a pautas rutinarias. La institucionalización y lo instituido adquiere, así, un valor negativo. Sin embargo, la idea de institución es completamente diferente en la ant y más específicamente en la obra de Latour. Ésta aparece como un conjunto de mediaciones que permiten que un actor conserve una sustancia, su acción se torne sotenible y duradera, etc. O sea, en Latour, la valencia de las instituciones es completamente positiva. En multitud de ocasiones es necesario mantener y sostener alguno de esos elementos. Y, de hecho, la creatividad necesita de esa duración. Como decía Marcel Proust: la inspiración está muy bien, pero que me pille escribiendo…
      Un saludo

  2. Gracias Francisco!
    Una consulta.
    Donde aparece la critica de Latour a la “performatividad” en general o de los mercados en particular?

    Gracias nuevamente

    • Hola Juan,
      Consulta La esperanza de Pandora y Reensamblar lo social, si hay no la encuentras avísame y te lo miro con más calma, tengo los libros de Latour completamente mezclados en mi cabeza.
      Un saludo

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