Souriau, instauración y “obras por hacer”

Hola
he estado trabajando recientemente un texto del filósofo francés Étienne Souriau (1892-1979), del que me ha dado por seleccionar y traducir algunos fragmentos que comparto por aquí por si a alguien le fueran de alguna utilidad.

Como quizá sepáis Souriau es otra más de las recientes revitalizaciones que han venido llevando a cabo tanto Latour como Stengers en los últimos años (no en vano, una de sus obras fundacionales Les différents modes d’existence ha sido republicada recientemente, siendo Stengers y Latour quienes prologan la obra).

Además del prólogo de la obra hecho por Stengers y Latour, verdaderamente profuso y sistemático, Latour ha publicado tanto en francés como en inglés (aunque mejor ver la versión definitiva en el libro “The Speculative Turn”) un texto en el que vincula la obra de Souriau con su trabajo sobre la “pequeña filosofía de los regímenes de enunciación” (aquí en francés y aquí el texto publicado en italiano).

El texto en concreto es Du mode d’existence de l’œuvre à faire y en él se plantea una aplicación de las reflexiones de sobre el concepto de instauración, a las que dedica el libro entero (para personas francoparlantes, se puede consultar una versión en Scribd).

Salud,
T

Fragmentos seleccionados y traducidos de Souriau, É. (2009). Du mode d’existence de l’œuvre à faire. En Les différents modes d’existence (suivi de Du mode d’existence de l’œuvre à faire) (pp. 195-217). Paris: Presses Universitaires de France.

“Nada es dado, ni siquiera nosotros mismos, de otra manera que a media luz, en una penumbra donde se esboza lo inacabado, donde no hay plenitud de presencia, ni evidente patuidad, ni realización total, ni existencia plena” (Souriau, 2009: 195-196)

“Cuando hablamos […] de la persona o el hombre [sic] como obras por realizar, constatamos simplemente que aquellos a quienes esta obra concierne encuentran también en ellos, creen encontrar o creen sentir un poder que responde a una suerte de deber” (Souriau, 2009: 198).

“[…] no puedo llamar de otra manera que virtual a esta realización, puesto que en lo concreto la obra está todavía por hacer […] Pero también tomaría serias precauciones. Evitaría cualquier mención a la idea de finalidad […] Investigando la relación entre la existencia virtual y la existencia concreta […] me parece que no tengo más que un único acceso experiencial: el pasaje entre un modo y el otro, y la transposición progresiva por medio de la cual, en un discurrir instaurativo, aquello que no estaba antes más que en virtualidad se metamorfosea estableciéndose progresivamente en el modo de existencia concreta” (Souriau, 2009: 200).

“Ya sea manual o espiritualmente, el instaurador, el creador […] opera la creación”(Souriau, 2009: 203).

“Si, incapaz de resolver el problema que tiene frente a sí en una etapa precisa de la creación, incapaz de decidir, de inventar o de actuar, el creador para de hacer, entonces la criatura cesa de venir al mundo” (Souriau, 2009: 204).

“Tras haber aportado su libertad y su eficacia, el agente aporta también su falibilidad […] su sumisión a la prueba de lo bien o mal hecho […] El uso que hace de su libertad puede ser bueno o malo. Su eficacia puede enriquecerlo o arruinarlo” (Souriau, 2009: 204).

“[…] mientras la obra está en realización, la obra está en peligro. A cada momento, a cada acto del artista o, mejor dicho, en cada acto del artista, ella puede vivir o morir […] Pero es la obra la que florece o se desvanece, es ella la que progresa o es devorada. Progresión patética a través de las tinieblas en las que se avanza a tientas, como alguien que asciende con dificultad una montaña por la noche, siempre inseguro de si su pie no encontrará un abismo, guiado sin cesar por la lenta elevación que le hará caminar hasta la cumbre” (Souriau, 2009: 205).

“Si esto que les digo les parece acertado, verán que nos encontramos frente a una suerte de drama con tres personajes: por un lado la obra por realizar, todavía virtual y en el limbo; por otro lado la obra en su modo de presencia concreta en el cual se realiza; y, por último, el hombre que tiene la responsabilidad de todo esto y que, a través de sus actos, intenta realizar la misteriosa eclosión del ser del que se ha responsabilizado” (Souriau, 2009: 205).

“No digamos que se trata de un ‘proyecto’ […]; no digamos que se trata de una futuridad, puesto que este futuro puede no llegar si se aborta” (Souriau, 2009: 206).

“Igual que he descartado por un lado la idea de finalidad, con una futuridad de la obra conseguida, descarto también la de proyecto (es decir, esto que, en nosotros mismos, bosqueja la obra como una suerte de impulso y, por así decirlo, la lanza delante de nosotros para reencontrarla en el momento de la consecución). Puesto que al hablar así, suprimimos de otra manera […] toda experiencia vivida en el curso del hacer. De este modo ignoramos la tan importante experiencia del avance progresivo de la obra hacia su existencia concreta, a lo largo del trayecto que ahí conduce” (Souriau, 2009: 207).

“Permítanme que recupere aquí una idea que durante mucho tiempo me ha resultado muy querida […], la oposición entre proyecto y trayecto. Si no consideramos más que el proyecto, suprimimos el descubrimiento, la exploración, y todo el aporte experiencial que sobreviene a lo largo del transcurso histórico del avance de una obra. La trayectoria así descrita no es simplemente el impulso del que nos hemos dotado. También es la resultante de todos los encuentros. […] en lo que concierne al transcurso del proceso instaurativo, no puedo olvidar que, a lo largo del mismo trayecto de realización, sobrevienen tanto actos absolutamente innovadores, como proposiciones concretas improvisadas, de repente, en respuesta a la problemática momentánea de cada etapa” (Souriau, 2009: 207).

“Instaurar es seguir una vía. Determinamos el ser a aparecer explorando su vía […] Nada es más importante en todas las formas de creación que esta abnegación del sujeto creador con respecto a la obra por hacer […] En el orden social, es el conjunto de sacrificios que exige de cada participante la elaboración del espíritu de conjunto que se trata de instaurar” (Souriau, 2009: 207-208).

“[…] hay todavía tres puntos esenciales por discernir .
En ese diálogo entre el hombre y la obra, una de las presencias más importantes de la obra por hacer es el hecho de que plantea y mantiene una situación interrogante [situation questionnante].
Puesto que, no lo olvidemos, la acción de la obra sobre el hombre no tiene nunca el aspecto de una revelación […] Diálogo mudo donde la obra, enigmática, casi irónica, parece decir: ¿y ahora qué vas a hacer?¿Con qué acción me vas a promover o deteriorar?” (Souriau, 2009: 208).

“En segundo lugar, señalaría lo que llamo la explotación del hombre por la obra.
Esta proposición que deberá hacer el artista, en respuesta a la pregunta planteada por la obra, evidentemente la saca de sí mismo. Él galvaniza todos los poderes de la imaginación o del recuerdo, rebusca en su vida y en su alma para encontrar la respuesta buscada” (Souriau, 2009: 210).

“[…] la obra por hacer nos concierne. Y así lo sentimos […] Somos concernidos por ella. Nos sentimos concernidos. Es la experiencia misma de esta llamada de la obra. Es por esta llamada que nos explota” (Souriau, 2009: 211).

“Y, por último, intentaré discernir un último aspecto de la experiencia instaurativa, cuya expresión es menos concreta y, a la fuerza, más especulativa que los dos aspectos que vengo de inventariar. Lo que yo llamaría la necesaria referencia existencial de la obra concreta con respecto a la obra por hacer […]
El bloque de arcilla ya petrificado, ya perfilado por el devastador está ahí sobre el banco y, sin embargo, no es más que un boceto. […] desde su origen y hasta su finalización este bloque, en su existencia física, estará tan presente, completo y dado como lo exigiría esta existencia física. Sin embargo, el escultor lo dirige progresivamente hacia el último golpe del devastador que hará posible la alienación completa de la obra en tanto que tal. Y todo a lo largo de este camino, evaluará […] de una manera evidentemente global y aproximada, la distancia que separa todavía este boceto de la obra acabada. Distancia que disminuye sin cesar […]” (Souriau, 2009: 212).

“Para que pueda decirse que la obra está acabada es suficiente con que haya una suerte de proximidad de las dos presencias del ser a instaurar sobre los dos planos de existencia que se sitúan así casi en contacto. Pero, por fin, esta proximidad suficiente define la finalización […] No confundamos la evidencia de la finalización con cualquier parón de la ejecución, con una estilística de aquello que llamamos en términos vulgares o en términos industriales o comerciales el ‘acabado’ […] Sin embargo, no necesito decirles que este problema de la finalización, en toda teoría de la instauración, es a menudo el escollo. No recuerdo ni siquiera haber leído nada en ningún autor filosófico o en otros que hayan atacado el problema de la dialéctica instaurativa que responda, ya no digo de manera suficiente, sino de cualquier manera al problema de la finalización […] Y esto no es porque hasta el artista más experimentado o genial no tenga inquietudes o equivocaciones al respecto. Da Vinci era de esos que no se decidían nunca a abandonar la obra. […]” (Souriau, 2009: 213).

“Difícil estimación en la que luchan confusamente entre ellas factores tales como lamentar la alienación completa de la obra, cortar el cordón umbilical, o decir: ahora ya no soy nada para ella. O incluso la nostalgia de la obra soñada, el horror de esta inevitable dimensión de fracaso de la que hablaba hace un rato. Y quizá el temor de estropear la obra, ya casi satisfactoria, por un fallo en el último momento. Pero, a través de todas estas angustias de último momento que quisiera no ser el último (o que tiembla por pasarse) no deja de ser obvio que hay una experiencia directa que interviene en este último momento” (Souriau, 2009: 213-214).

“Cuando creamos, no estamos solos. En este diálogo en el que la obra nos interroga, nos interpela, ella nos guía y nos conduce, en el sentido que exploramos con ella y por ella los caminos que la llevan a su final presencia concreta” (Souriau, 2009: 214-215).

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